Desde niños
nos enseñaron que debemos terminar el plato, un tanto por hacernos entender que
no está bien botar la comida, pero también para inculcarnos normas de conducta
que serían posteriormente demostradas y presumidas
por los padres en las grandes reuniones familiares donde a veces al niño le sirven
casi la misma ración que al resto de las personas mayores y se procura que limpien toda la comida que tienen en frente.
Lo que poca
gente se detiene a pensar es que si bien el metabolismo de un niño es acelerado
por tantos brincos, no deja de ser por eso un tanto diferente al de un adulto. Sin embargo, las normas de conducta y los
paradigmas sociales nos hacen terminar lo que nos ponen en frente desde niños
sin cuestionarnos nunca si lo que vamos a comer es mucho o poco.
El
informarnos sobre nuestra dieta es algo que si bien se está poniendo de moda,
en Latinoamérica aun es algo que en los círculos de consumo más grandes pasa desapercibido,
por dos motivos. Por un lado es más lindo
comer que leer, y por otro lado vivimos en una bonanza económica casi sin
precedentes donde se puede comprar más de lo que se va a usar (o comer) y no
hay problema pedir o fabricar raciones dobles de todo.
Sin
embargo, cuando alguien se pone a medir el contenido calórico de su plato o a
pesar su propia comida para ver si lo que comerá es suficiente o está por
demás, lo tildamos de obsesivo con la dieta o pensamos que es insulso estar
pesando todo lo que comemos y no podríamos andar con la balanza bajo el brazo,
y mucho menos con una lista calórica de alimentos.
Si bien una
dieta balanceada no es matemática exacta, por lo menos debe tenerse una idea de
las cantidades de alimento que uno consume y que gasta. Por tanto terminar el plato sin pensar si es
mucha o poca comida es una mala costumbre que tendríamos que comenzar a
cambiar. Obviamente sin ofender al
anfitrión o sin botar la comida en exceso, uno puede siempre buscar maneras de
servirse sólo lo necesario.

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